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La preferida del pueblo de Dios 1430 AM



Y ya mucho antes de san Juan Crisóstomo, las Constituciones Apostólicas del siglo II-III recomendaban a los cristianos: “Debéis orar por la mañana, a la hora tercia, sexta, nona, a la tarde y al canto del gallo”.


La actual estructura de la Liturgia de las Horas comprende estas horas:


•  Oración de la mañana, al levantarse: Laudes.

•  Oración hacia las nueve de la mañana: Hora Tercia.

•  Oración del mediodía: Hora Sexta.

•  Oración hacia las tres de la tarde: Hora Nona.

•  Oración al finalizar las tareas, de las seis a las ocho de la tarde: Vísperas

•  Una oración, que actualmente puede ubicarse en cualquier momento de la jornada: Oficio de lectura.

•  Y, finalmente, una oración inmediatamente antes del reposo nocturno: Completas.


Son, pues, siete momentos de oración en el transcurso de cada jornada, según aquello del salmo: “Siete veces al día te alabo por tus justos juicios” (Salmo 119, 164). De esos siete momentos hay dos que son principales y se consideran como “quicios” o ejes de toda la Liturgia de las Horas: Laudes y Vísperas.


El contenido de las “Horas”


Consta de:

•  Un himno inicial que –poéticamente- nos ubica en el momento propio en que se hace la plegaria.

•  Tres salmos.

•  Una lectura bíblica: extensa en el “Oficio de Lecturas”, menos extensa en las restantes horas.

•  Oración de intenciones en Laudes y Vísperas.

•  Oración conclusiva.


En el “Oficio de Lecturas” hay, además, una segunda lectura más o menos extensa, referida a diversos temas y tomada de los Santos Padres o de los Santos festejados.

Además, en el oficio de “Completas”, antes de acostarse, se añade, al comienzo, un examen de conciencia y un acto penitencial. Como término obvio al final de la jornada, además de dar gracias al Señor por todos sus dones y lo bueno que hemos podido realizar con ellos, no podemos eludir la necesidad de pedir perdón por nuestras faltas.


Quiero terminar esta pregunta, valorando una vez más la Liturgia de las Horas. Esta Liturgia brota de la esencia misma de la Iglesia que es comunidad orante por excelencia y que busca tributar a Dios aquella “adoración en espíritu y en verdad” de que Jesús habla a la samaritana (cf Jn 4, 23); y que intercede constantemente por la salvación de los hombres todos, en unión con Jesús, que rogó tan insistentemente por ella.


Con la Liturgia de las Horas nos asociamos, desde la tierra, al himno que los ángeles y los santos tributan para siempre a Dios en la gloria y por mismo se convierte en algo así como un “adelanto del cielo”. Con razón dice sobre esto la Instrucción propia: “Con la alabanza ofrecida a Dios en la Liturgia de las Horas, la Iglesia se asocia al canto de alabanza que, en el cielo, se canta sin cesar; y así pregusta aquella alabanza celestial descrita por Juan en el Apocalipsis que resuena siempre ante el trono de Dios y del Cordero” (n. 16).


Por eso, la Liturgia de las Horas es fuente de grande gozo. Como que en ella, además, la Iglesia asume “los deseos de todos los cristianos e intercede por la salvación de todo el mundo ante Cristo y, por él, ante el Padre” (n. 17). De esta manera, la Liturgia de las Horas no es sólo medio de santificación personal (n. 14), sino también eficaz instrumento de fecundidad apostólica.


Termino esta pregunta recomendando vivamente a todos los laicos a que acepten la cálida invitación que ha hecho Dios, a través del Concilio Vaticano II, y se vayan poniendo en contacto con este Oficio divino que les abrirá, como la misa, una nueva y copiosa fuente de vida cristiana. Quien aprende a gustar esta Liturgia nunca más la abandonará.

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